lunes, 15 de julio de 2013

La hija de Iria Galeria

Al día siguiente Aelia dio el primer paso. Vino a verme a la casa de la colina, que ella conocía como se conoce a la madre, a la hermana o a la palma de la mano. Allí había nacido y allí vivió desde la niñez hasta que se fue tras su padre en busca de las Galias.
Aún sabiendo de su llegada, evité la cortesía habitual de salir a su encuentro porque presentía que algo importante iba a pasar y porque es mi defecto más gozado el dejar que las nieves se derritan, las aguas discurran con naturalidad y se acaben vertiendo desarmadas en el mar.
Fue la criada Aula quien vino y me advirtió: 
- Aelia, la hija de Iria Galeria, ha venido a verte. 
Era evidente que las nieves ese día se derretían y las aguas se vertían sin espera. Debía recibirla. Cuando me presenté ante ella, la encontré erguida y grave. 
- Mañana, debajo de la higuera que mira al monte - me dijo. Y se fue sin volver la vista.


Ovidio, si sabes entregarle a una mujer lo que espera de ti, dejar que ella tome la iniciativa es propio de buen amante. 
Por el contrario, si te inhibes por dejadez, inacción o falta de pericia, tendrá que aceptar su decepción y reconocer con tristeza tu incapacidad.

3 comentarios:

  1. Siempre me han gustado mucho esas orientaciones finales que le hace el Maestro a Ovidio, ésta última es tan certera que me ha sacado la sonrisa de la aceptación sin más. Gracias por esta precisión tan delicada en las palabras.

    Un abrazo fresco y nebuloso, como el día

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  2. Todos necesitamos de un maestro. Ovidio, también.
    Gracias, Nómadas, por tu visita.
    Es un lujo recibir la visita de lectores inteligentes.

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